OBEDIENCIA
DE VIDA, OBEDIENCIA DE MUERTE
(Por Oscar Amaya)
17
de agosto, el Padre de la Patria
11
de septiembre, el Padre del aula
Todos
los días, el Padre celestial
¡Cuántos
Amos que supimos conseguir!
Cuántos
mandatos:
Ser
fiel al Viejo Orden. Poseer repertorio de restricciones. Una fuente seca, de la
que sigue manando el agrio vino patriarcal.
¡Patriarca:
aparta de mí este cáliz!
Frente
a la jerga oficial, un horizonte emancipador: desprenderse de la ilusión y la
consistencia que otorga el Viejo Orden.
Los
mandatos del Patriarcado que nos atraviesan, nos crucifican:
-No
te aventurarás a la zona del pensar, sino habitar la zona del reproducir
-Te
sostendré con creencias arraigadas, con redes armadas, con viejas sogas.
(redes
que me sostienen, pero que me aprisionan)
-Te
aferrarás a la seguridad de pertenecer a la patria de tu Patriarca.
(esa
ilusoria seguridad…)
¿Emanciparnos?
¿ser infieles?
Se trata de
despertenecer, de asumir un desafío y habitar una alegría, producida por la
disidencia, por la deserción al Viejo Orden.
¡Patriarca:
aparta de mí este cáliz
Deslenguar
la lengua oficial, despensar los pensamientos y des-sentir sentimientos
autorizados. Deshabilitación a pertenecer a la Masculinidad Hegemónica.
Desmayusculización. Desmonte de prácticas, de hablas instituidas.
Un
horizonte emancipador, no para establecer una nueva institucionalidad, otro
“Nuevo Orden”. Varones de la segunda década del siglo XXI vivimos una
transición: un viaje entre una forma
opresora y formas desobedientes, que se rehúsan a la construcción de nuevas
normas.
Desprendernos
de la supuesta complacencia del Poder. Descreer de un estado de cosas y creer
en la potencia de la deserción, de la invención, de la producción y
manifestación de ruptura.
Hemos aprendido a obedecer, ha llegado
el tiempo de desobedecer. Desmontemos
las verticalidades. Vayamos hacia la horizontalidad. La travesía ha comenzado…
Ya
conocemos a los dadores de órdenes. Hemos crecido y masticado esas
verticalidades. Están entre nosotros y en nosotros: nos habitan.
¡Patriarca:
aparta de mí este cáliz!
El régimen heteronormativo de autoridad
sabe que para aprender a mandar, a codificar, primero hay que aprender a
obedecer.
Al obedecer un sujeto se sujeta, no se subjetiva. Por miedo, obedece.
En
busca de protección.
La
desobediencia es ir en busca de un estado de desprotección y por ello
amenazante. El patriarca avisa: “si no me obedeces, te infringiré dolor. Ahora
si me obedeces, serás salvo”. La amenaza es ambivalente: profiere las posibilidades
de una condición, de un estado de cosas. Debilidad y supuesta fortaleza.
La
amenaza posee un carácter desquiciante: se trata de una anunciación de daño
inminente. Por ello la obediencia
tranquiliza.
Ocurre
que aún en la obediencia, no hay suspensión de la amenaza.
Enunciación
patriarcal: “si obedeces, nada malo te va a pasar”.
Anuncio
imperativo: “debes prometer que me obedecerás. A cualquier precio”.
Consentimiento
y naturalización de un régimen de conformidad. Coacción de seguridad.
Los mandatos del Patriarcado nos
atraviesan, nos crucifican:
“No
te inclinarás ante nadie, ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque Yo Soy
tu Patriarca. Castigaré hasta la tercera y cuarta generación a quienes me
aborrezcan”,
“Me
honrarás porque Soy tu Padre y tu Madre; me honrarás para que tus días se
alarguen en la tierra en la que te permio morar”.
“Matarás,
si así te lo ordeno”.
“Cometerás
adulterio, si es preciso”.
“Hurtarás
en Mi Nombre”.
“Levantarás
falso testimonio contra tu prójimo, a fin de defender Mi Nombre”.
“Codiciarás
la casa de tu prójimo, si éste me aborrece”.
“Codiciarás
a la mujer de tu prójimo, y a su siervo, su criada, su buey, si éste me
aborrece”.
“Si no me obedeces, morirás. En cambio,
si me obedeces, morirás. En diferido, pero morirás”.
¡Patriarca:
aparta de mí este cáliz!
Huir.
Fugarse hacia un estado babélico, de lenguas, atravesar una zona transicional,
un estado de incertidumbre. Seguir resquebrando el viejo orden y construir una
temeraria oportunidad:
o bien el surgimiento de lo nuevo,
o bien el retorno de los fascismos (el
deseo de obedecer), del poder que busca restituirse. Que produce miedo,
para ofrecerse como protección del miedo producido.
Paranoia
(el Patriarca me mira sin cesar en su mirada) e ilusión de cancelación del miedo.
Por eso la obediencia es un lugar
seguro, una ficción eficaz que se confirma en cada acto de obediencia. Una
seguridad sin garantías. Coacción, coacción. Las normalidades obedecen.
El
varón desobediente desborda la normativización. Renuncia a la zona de
protección, porque la sabe ilusoria. Se
trata de la pérdida de la credulidad. ¡Ya no te creo, Patriarca!
Desobedecer
a la orden de hombría, para devenir gay, devenir mujer, devenir niñe.
El
patriarca sacude la fusta y amenaza al varón-equino. Orden civilizatorio. La eficaz opresión, disfrazada de
protección.
¡Patriarca: aparta de mí este cáliz!
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